Soy todas y cada una de las cosas de las que me acusas y me echas en cara. Soy intratable, ya sé que conmigo no se puede nada. Lo tengo asumido, es hora de que te resignes tú también y dejes de lanzarme adjetivos creyendo que son puntas de ballesta; no voy a negártelos. Has ido subiendo de improperios hasta hacerme aceptar que no me he portado como debía. Ya no te quedan armas contra mí.
Ahora, tendré que justificarme, ¿Verdad?
Nadie sufre más con los fracasos que uno mismo. Con los fracasos recoges el espejo que llevabas clavado en la bota y descubres que todos tus esfuerzos te han dejado solo, que no se ha cumplido lo de “valdrá la pena”. Y a nadie le pones más excusas que a ti mismo. Por eso, cuando se te acaban las excusas y sólo quedan los fracasos, tienes dos opciones: o te vas muy lejos o regresas.
Yo me fui. Tú eres mi fracaso.
Llevaba años intentándolo, volver a enamorarme, volver a sentir. Pensé que no lo iba a volver a conseguir pero si, llegaste tu y me convertiste en lo que ahora soy: Estoy hecha de fracasos, sobre todo de lo que he perdido por no estar contigo.
Convertiría todo esto en ceniza y volvería a empezar, pero no se puede, sin ti todo es distinto: El agua no sabe igual, el sol no brilla igual, el aire no se respira igual. Estoy tan enamorada.
Mi justificación no es otra que hacerte saber que si en algún momento te sentiste solo o triste, yo quería estar allí, que si en algún momento te hice daño jamas fue a sabiendas, que si en algún momento me echabas de menos era completamente correspondido. Siempre tuve miedo a perderte, a no saber tratarte como te merecías y hasta a sobre protegerte más de la cuenta. No sé como habrás vivido aquello, no sé cuanto podrá llegar a albergar el daño, pero si aún te quedan fuerzas te pido que te quedes conmigo...
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